MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Estas palabras, dichas por Leonor en tono muy natural, sacaron al joven de su meditación. Al tiempo de pasar el libro, su espÃritu buscaba la intención de aquella orden con la inclinación de todo enamorado a imaginar un sentido oculto a todas las palabras que oye de la persona a quien ama. La frialdad con que Leonor le dio las gracias, poniéndose a hojear el libro, le persuadió que al pedÃrselo ella no habÃa tenido otra intención que la de buscar una pieza. MartÃn, novicio en el amor, pensaba siempre lo contrario de lo que en su caso habrÃa pensado alguno de los fatuos que pululan en los salones, figurándose que, para conquistar un corazón, no tienen más que, como el sultán usa de su pañuelo, arrojar una mirada a la vÃctima que pretenden avasallar.
MartÃn iba a retirarse cuando dijo Leonor sin dirigirse a él:
—Las hojas de este libro no se sujetan.
Y al mismo tiempo sostenÃa el libro con la mano izquierda, tocando algunas notas con la derecha.
—Si usted me permite —le dijo acercándose MartÃn—, yo puedo sujetar el libro.
Leonor, sin contestar, dejó a la mano del joven ocupar el lugar en que tenÃa la suya y empezó a tocar la introducción de un vals que le era familiar.
—¿Podrá usted volver la hoja solo? —le preguntó al cabo de algunos instantes.