MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No, señorita —contestó Rivas, que temblaba de emoción—; esperaré que usted me indique el momento oportuno.
La conversación estaba ya principiada y era preciso seguirla. A lo menos asà pensó Leonor, mientras que Rivas habÃa olvidado todos sus pesares, entregándose a contemplar a la niña, que fijaba su vista alternativamente en el libro y en el piano. —Hoy habrá visto usted a su amigo— dijo Leonor, cuando tuvo que mirar a Rivas para indicarle que era preciso volver la hoja.
—SÃ, señorita —contestó MartÃn—; le he encontrado el hombre más feliz del mundo.
—De modo que usted le habrá compadecido —repuso Leonor, mirando fijamente al joven.
—¡Yo! ¿Y por qué, señorita? —exclamó éste admirado.
—Para ser consecuente con su teorÃa de huir del amor como de una desgracia.
—Mi teorÃa se refiere al amor sin esperanza.
—Ah, se me habÃa olvidado. ¿Y ese amor puede existir?