MartÃn Rivas
MartÃn Rivas MartÃn tuvo al momento la idea de citarse como un ejemplo de lo que Leonor aparentaba dudar; de pintarle con la elocuencia de una profunda melancolÃa los dolores que destrozan al alma que ama sin esperanza; de revelarle su adoración respetuosa y delirante con palabras que pintaran los tesoros de pasión que guardaba en su pecho para la que ignoraba poseer su absoluto dominio. Pero al momento también, anudó la voz en su garganta y heló el valor de que se sentÃa animado el recuerdo del glacial desdén con que Leonor habÃa recibido sus palabras y su involuntaria mirada en la conversación de la mañana. Vióse de antemano escarnecido por su amor, se figuró con espanto la altanera y sarcástica mirada con que la niña recibirÃa sus palabras, y su alma se replegó palpitante a la reserva que su condición le imponÃa.
Estas reflexiones pasaron por su espÃritu con tal rapidez, que sólo medió un instante muy breve entre la pregunta de Leonor y la respuesta que él dio.
—Se me figura que sÃ, señorita —contestó, tratando de dominar su emoción.
—¡Ah!, es decir, que usted no está seguro.
—Seguro no, señorita.
—En su amigo, sin embargo, tiene usted un ejemplo de que no debe considerarse como una desgracia.
—Rafael habÃa sido amado antes, de modo que podÃa esperar volverlo a ser.