MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Doña Bernarda entró al cuarto de su hijo después de haber esperado largo rato a que se levantase.
—Vamos, flojonazo —le dijo—, ¿hasta cuándo duermes?
—Ah, es usted, mamita —contestó Amador, dándose vuelta en su cama.
Estiró los brazos para desperezarse, dio un largo y ruidoso bostezo y, tomando un cigarro de papel, lo encendió en un mechero que prendió de un solo golpe.
—Me he llevado pensando en una cosa —dijo doña Bernarda, sentándose a la cabecera de su hijo.
—¿En qué cosa? —preguntó éste.
—Ya van porción de dÃas que Adelaida está casada —repuso doña Bernarda—, y AgustÃn no le ha hecho ni siquiera un regalito.
—Es cierto, pues, que no le ha dado nada.
—De qué nos sirve que sea rico entonces; uno pobre le habrÃa dado ya alguna cosa. —Yo arreglaré esto— dijo Amador con tono magistral; —no le dé cuidado, madre. ¡Si el chico quiere hacerse el desentendido, se equivoca! No pasa de hoy que no se lo diga.
—Al todo también, pues —observó la madre—, no sólo no confiesa el casamiento a su familia, sino que se quiere hacer el inocente con los regalos.
—Déjelo no más, yo lo arreglaré —dijo Amador.