MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Doña Bernarda entró entonces en la descripción de los vestidos que convendrÃan a su hija, sin olvidar los que a ella le gustarÃa tener, indicando las tiendas en que podrÃan encontrarse. Lo prolijo de los detalles hacÃa ver que la buena señora habÃa meditado detenidamente su asunto, del cual impuso con escrupulosidad a Amador. En su enumeración entraron, además de los vestidos de color, una buena basquiña negra y un mantón de espumilla para ella, que no podÃa, por el calor, sufrir el de merino. Ayudada con los conocimientos aritméticos que Amador habÃa adquirido en la escuela del maestro Vera, cuyo recuerdo hace temblar aún a algunos desdichados que experimentaron el rigor de su férula, doña Bernarda sacó la cuenta del número de varas de género de hilo que entraban en una docena de camisas para Adelaida, con más el importe de los vuelos bordados que debÃan adornarlas, el de dos docenas de medias, varios pares de botines franceses y diversos artÃculos de primera necesidad para la que, según ella, estaba destinada a figurar en breve en la más escogida sociedad de Santiago.
—Pero, madre —le dijo Amador—, ¿cómo quiere que AgustÃn o yo vayamos a comprar todo eso? ¿No será mejor que él dé la plata y usted haga las compras?
—¡Ve qué gracia! Por supuesto —respondió doña Bernarda.
—Le diré que con unos quinientos pesos se puede comprar lo más necesario.