MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —O seiscientos, mejor es de más que de menos —dijo la madre.
En la noche se presentó AgustÃn acompañado de Rivas.
Amador le llamó luego a un punto de la pieza distante del que ocupaban las demás personas que allà habÃa.
—¿Y… cuándo avisa, pues, a su familia? —dijo al elegante, que palideció bajo la mirada de su dominador.
—Es preciso hacerlo con tiento —contesto—, porque si no elijo bien la ocasión, papá puede enojarse y desheredarme.
—Eso está bueno —replicó Amador—; pero ¿usted se ha olvidado que tiene mujer? ¿En dónde ha visto novio que no haga ni un solo regalito?
—He estado pensando en ello. Usted sabe que no puedo pedir plata a papá todos los dÃas.
—¡Qué! Un rico como usted no puede hallarse en apuros por la friolera de mil pesos; el lunes voy a buscarlos a su casa.
—¡Pero el lunes es muy pronto! —exclamó aterrorizado AgustÃn—. El otro dÃa no más pedà mil pesos, ahora es imposible; ¿qué dirá papá?
—Papá dirá lo que le dé la gana; lo cierto del caso es que yo iré el lunes a buscar los mil pesos.
—Espéreme siquiera unos quince dÃas.