MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Los que no desean ir al llano o no tienen carruajes en que hacerlo, se pasean en la calle del medio de la Alameda, con la seriedad propia del carácter nacional, y esperan la llegada de los batallones, observándose los vestidos si son mujeres, o buscando las miradas de éstas los varones.
Antes que el tambor haya anunciado la venida de los milicianos, los coches se estacionan en filas al borde de la Alameda, y los elegantes de a caballo lucen su propio donaire y el trote de sus cabalgaduras, dando vueltas a lo largo de la calle y haciendo caracolear los bridones en provecho de la distracción y solaz de los que de a pie les miran.
La crÃtica, esta inseparable compañera de toda buena sociedad, da cuenta de los primorosos trajes y de los esfuerzos con que los dandies quieren conquistarse la admiración de los espectadores.
En cada corrillo de hombres nunca falta alguno de buena tijera, que sobre los vestidos de los que pasan, recordando con admirable memoria la fecha de cada vestido.
—El de la Fulana, ese verde de una pollera, es el que tenÃa de vuelos el año pasado, que se puso en el Dieciocho.
—Miren a la Mengana con la manteleta que compró ahora tres años; ella cree que nadie se la conoce porque le ha puesto el encaje del vestido de su mamá.