MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —El vestido que lleva la Perengana es el que tenÃa su hermana antes de casarse, y era primero de su mamá, que lo compró junto con el de mi tÃa.
Con estas observaciones, que prueban la privilegiada memoria femenil, se mezclan las admiraciones sobre tal o cual adefesio de las amigas.
Las tropas desfilan, por fin, en columna por la calle central de la Alameda, en medio de la concurrencia que deja libre el paso, y los oficiales que marchan delante de sus mitades reparten saludos a derecha e izquierda con la espada, absorbiéndose a veces en esta ocupación hasta hacerse pisar los talones por la tropa que marcha tras ellos.
En 1850, época de esta historia, habÃa el mismo entusiasmo que ahora por esta festividad, precursora de la del Dieciocho, bien que entonces el lado norte de la Alameda no se llenase completamente, como en el dÃa, de brillantes carruajes, desde los cuales muchas familias asisten al paseo sin moverse de muelles cojines. Leonor habÃa anunciado a su padre que deseaba ir a la Pampilla a caballo con su prima, y aquel deseo habÃa sido una orden para don Dámaso, que a las doce del domingo tenÃa ya preparados los caballos.
HabÃa uno para Leonor y otro para Matilde, de hermosas formas y arrogante trote. Otro de paso para don Dámaso, a quien su hija habÃa exigido la acompañase.