MartÃn Rivas
MartÃn Rivas La comitiva se habÃa detenido un momento cerca de un batallón que cargaba sus armas. Al ruido de la primera descarga, los caballos se principiaron a mover, dando saltos algunos de ellos, que se repitieron a la segunda descarga. Entre los más asustados se contaba el caballo de don Dámaso, que al ruido de los tiros habÃa perdido su pacÃfico aspecto para transformarse en el más alborotado bridón.
—Y me habÃan dicho que era tan manso —decÃa don Dámaso, palideciendo al sentirlo encabritarse con furia, cuando, después de la segunda descarga, principió el fuego graneado.
Al ruido continuo de este fuego, todos los caballos principiaron a perder la paciencia y algunos a seguir el ejemplo del de don Dámaso, que en un espanto habÃa echado al suelo una canasta con naranjas y limas que un vendedor presentaba a los jóvenes. Con este incidente hubo un cambio en la posición de cada jinete, y ora fuese efecto de la casualidad, ora de un movimiento intencional, Leonor se encontró de repente al lado de Rivas; y Matilde, que trataba de contener los movimientos de su caballo, oyó a su lado la voz de San Luis que la saludaba.
—Aquà estamos mal —dijo Leonor a MartÃn—. ¿Le gusta a usted galopar?
—SÃ, señorita —contestó Rivas.