MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —SÃgame entonces —repuso Leonor volviendo su caballo hacia el sur.
Hizo señas al mismo tiempo a Matilde, que emprendió el galope, mientras que don Dámaso arreglaba con el naranjero el precio de las naranjas que por causa de él habÃan ido a parar a manos de los muchachos que siempre escoltan a los batallones en sus salidas al llano.
—SÃguelas tú, ya las alcanzo —dijo don Dámaso a AgustÃn, al ver partir a los que con él estaban a galope tendido.
Leonor azotaba a su caballo, que iba pasando del galope a la carrera, animado también por el movimiento del de MartÃn.
Éste corrÃa al lado de Leonor sintiendo ensancharse su corazón por primera vez al influjo de una esperanza. El convite de la niña para que la siguiese, la naturalidad de sus palabras, la franca alegrÃa con que ella se entregaba al placer de la carrera, le parecieron otros tantos felices presagios de ventura. Bajo la influencia de semejante idea, mientras corrÃa, contemplaba con entusiasmo indecible a Leonor, que, animada por la velocidad creciente del caballo, con el rostro azotado por el viento, vivos de contento infantil los grandes ojos, le parecÃa una niña modesta y sencilla que debÃa tener un corazón delicado y exento del orgullo con que hasta entonces le habÃa aparecido.