Martín Rivas

Martín Rivas

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La sangre del joven pareció agolparse toda a sus mejillas, que cambiaron su juvenil sonrosado en el rojo subido de la vergüenza. Pero Rivas, como todo hombre naturalmente enérgico, sintió rebelarse su corazón con aquella contrariedad, y a pesar de que latía con violencia y de que su lengua parecía negarse a formular ninguna sílaba, hizo un esfuerzo para contestar.

—Pregunté, señorita, si usted sentía el verse sola conmigo —dijo—, para explicar a usted que la he seguido por orden suya y temiendo que pudiera sucederle algún accidente.

—¡Ah! —exclamó Leonor, no ya indiferente, sino con tono picado—. Usted ha venido para socorrerme en caso necesario.

—Para servirla, señorita —replicó con dignidad el joven.

Leonor oyó con placer el acento de aquellas palabras, que revelaban cierta altanería en el que las había pronunciado.

—Usted se impone demasiadas obligaciones para pagar nuestra hospitalidad —le dijo. ¿No basta que usted sirva a mi padre en todos sus negocios?

—Señorita —repuso Martín—, yo me coloco en la posición que usted parece querer señalarme, porque aún estoy lejos de tener una alta idea de mi importancia social. —¿Se compara a usted con alguien que le parezca muy superior?


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