MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Con esos caballeros que vienen hacia nosotros, por ejemplo.
—¿Con AgustÃn?
—No, señorita, con los otros, con los señores Mendoza y Valencia.
—¿Y por qué con ellos precisamente? —preguntó Leonor con una ligera turbación que disimuló con maestrÃa.
—Porque ellos, por su posición, pueden aspirar a lo que yo no me atreverÃa.
Cuando Rivas dijo estas palabras, la cabalgata, que venÃa a galope corto hacia el lugar en que se encontraba con Leonor, estaba ya muy próxima.
—No veo la diferencia que usted indica —contestó Leonor con voz que parecÃa afectuosa y confidencial—; a mis ojos un hombre no vale ni por su posición social y mucho menos por su dinero. Ya ve usted —añadió con una ligera sonrisa que bañó en la más suprema felicidad el alma de Rivas— que casi siempre pensamos de diverso modo.
Dio con su huasca un ligero golpe al anca de su caballo y se adelantó a juntarse con los que llegaban.
MartÃn la vio alejarse, diciéndose:
«¡Extraña criatura! ¿Tiene corazón o sólo cabeza? ¿Se rÃe de mÃ, o realmente quiere elevarme a mis propios ojos?».