Martín Rivas
Martín Rivas El grupo que formaba la comitiva había llegado hasta el punto en que Martín se encontraba cuando hacía estas reflexiones. Ellas, como se ve, eran muy distintas de las que sus anteriores conversaciones con Leonor le habían sugerido. Ya la esperanza doraba con sus reflejos el horizonte de sus ideas, abriendo nuevo campo a las sensaciones de su pecho y a los devaneos de su espíritu. Esa esperanza sola era para Martín una felicidad.
Mientras Leonor y Rivas tenían la conversación que precede, los demás de la comitiva caminaban hacia ellos, como dijimos, a galope corto, que fue poco a poco cambiándose en trote. Rafael se había colocado al lado de Matilde y repetido con ella una conversación sobre el mismo tema que la primera, el mismo también en que se engolfan todos los enamorados. En su rostro resplandecía la felicidad; y sus ojos, al mismo tiempo que sus labios, se juraban ese amor al que siempre los amantes dan por duración la eternidad. San Luis, que deseaba aprovechar el momento para informar a su amante de los progresos favorables de su intento de unirse a ella, salió del idilio amoroso para hablar de las realidades.
—Mi tío —dijo— se encuentra perfectamente dispuesto a servirme y protegerme, mis esperanzas aumentan. Si su padre vuelve a empeñarse para el arriendo de la hacienda, es lo más probable que seamos felices. ¿Podré contar con que usted tenga la entereza de confesar a su padre que me ama todavía?