MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —SÃ, la tendré —contestó Matilde—; si no soy de usted, no seré de nadie.
—Esas palabras —repuso Rafael— las recibirÃa de rodillas; con el sufrimiento, mi amor por usted ha aumentado, puede decirse, porque se ha arraigado para siempre en mi pecho.
Insensiblemente volvieron al eterno divagar sobre la misma idea que forma el paraÃso de los enamorados que se comprenden. Asà llegaron al lugar en que se hallaba MartÃn. Algunas palabras habló San Luis, después de esto, con Leonor y Rivas, y, viendo acercarse a don Dámaso, se retiró al galope.
Don Dámaso habÃa arreglado su asunto con el naranjero y emprendido la marcha para reunirse a los suyos. A su edad, y cuando no se monta con frecuencia a caballo, el cuerpo se resiente pronto del movimiento algo áspero de la cabalgadura, aun cuando sea de paso, como la que él montaba. Al llegar al grupo en que estaban sus hijos, don Dámaso esperaba descansar del largo trote que habÃa dado; pero Leonor emprendió luego la marcha y los demás la siguieron, con gran descontento de don Dámaso, a quien el sol y el cansancio comenzaban a dar el más triste aspecto.