Martín Rivas

Martín Rivas

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
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Caminando alrededor de los carruajes y de la gente de a caballo que rodeaba a los batallones, la comitiva encontró al coche en que doña Engracia se paseaba, acompañada por doña Francisca, y con Diamela en las faldas. Don Dámaso aseguró a su mujer que no estaba cansado y comió alegremente con los demás limas, naranjas y dulces que en tales ocasiones se pasan de los coches a los de a caballo. Pero, por su mal, Leonor parecía infatigable, y fue preciso seguirla en nuevas excursiones hasta la hora de regresar a la Alameda. Allí volvieron a detenerse junto al coche de doña Engracia. En diez minutos de reposo, don Dámaso se figuraba haberse repuesto de la fatiga; más al emprender de nuevo la marcha, su cuerpo, que se había enfriado, sintió todo el peso del cansancio; y el paso del caballo, a pesar de su suavidad, le arrancó ahogados gemidos, que el buen caballero confundió con la promesa formal de no volver a semejantes andanzas. Sus juramentos se repitieron varias veces, porque fueron muchos los paseos que dio su hija a lo largo de la Alameda, deteniéndose sólo durante pequeños momentos, que don Dámaso aprovechaba para volver a su lugar el nudo de su corbata, que parecía querer dar la vuelta completa a su pescuezo con el movimiento de la marcha, y para volver su sombrero a su natural posición, trayéndolo del cuello de la levita, en que iba a reposar, dejando la frente al aire, sobre los puntos de su cabeza en que acostumbraba asentarlo.


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