MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Añádase a esto un grueso bastón, que Amador daba vueltas entre los dedos, haciendo molinete, y un cigarrillo de papel, arqueado por la presión del dedo pulgar de la derecha bajo el Ãndice y el dedo grande, en el dedo siguiente una sortija con este mote en esmalte negro: «Viva mi amor», y se tendrá el perfecto retrato de Amador, que, al entrar en casa de don Dámaso, acarició sus bigotes y perilla, como para darse un aire de matamoros propio para infundir serios temores en el ánimo de su vÃctima.
AgustÃn le esperaba entregado a una mortificadora inquietud. En sus ojos hundidos, en la palidez de su rostro, se veÃan, a más de los temores del momento, las angustias de una noche de insomnio y de sobresalto.
HacÃa poco que la familia de don Dámaso habÃa concluido de almorzar, cuando Amador se encontró en el patio de la casa.
OÃase en el interior el sonido del piano en que Leonor ejecutaba algunos ejercicios. Don Dámaso y MartÃn se encontraban en el escritorio despachando algunas cartas de negocios, y AgustÃn, tras los vidrios de una puerta, observaba con ojo inquieto a las personas que atravesaban el patio.
Al ver a Amador, abrió con precipitación la puerta y le hizo entrar.
Amador se sentó sin que le ofreciesen asiento y puso su sombrero sobre la alfombra.