Martín Rivas

Martín Rivas

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—¡Caramba —dijo, pasando en revista el amueblado y adornos de la pieza—, esto está de lo que hay!

Agustín cerró bien las puertas, mientras que Amador sacaba un mechero y encendía el cigarro que se había apagado.

—¿Y… ya están prontos los realitos? —preguntó al joven, que se paró a su frente pálido y turbado.

—Todavía no —dijo Agustín—; estoy seguro que papá se va a enojar con este pedido de plata.

—Qué le haremos, pues; tendrá dos trabajos: el de enojarse y el de soltar las pesetas.

—Y si no quiere lo perdemos todo —replicó Agustín suplicante—, ¿por qué no espera algunos días?

—Si yo tuviera casa como ésta y muebles y criados y buena bucólica, de seguro que esperaba; pero, hijito, la familia está pobre y su mujer no puede andar vestida como una cualquiera. Si el viejo se enoja, es porque no sabe que usted se ha casado; yo le daré a tragar la píldora si quiere hacer el cicatero; déjelo no más. Agustín se volvió desesperado hacia la puerta que daba al patio y vio a don Fidel Elías que entraba al escritorio de su padre. Aquella visita le pareció un favor del cielo.

—Mire usted —dijo a Amador—; allí va mi tío Fidel entrando al cuarto de mi padre. ¿Cómo quiere que vaya ahora a pedirle dinero?


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