MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Aguardaremos a que el tÃo Fidel se vaya —respondió Amador—. ¿No tiene usted por hei un puro y alguna copita de licor? Asà conversaremos como buenos hermanos. AgustÃn le dio un cigarro habano y le presentó una licorera con copas y botellas. Amador prendió el cigarro en su mechero, se sirvió una copa de coñac, que tragó como una gota de agua; llenó de nuevo la copa y miró con satisfacción a su vÃctima.
—No está malo —le dijo—. ¡Vaya lo que vale ser rico! ¡Y uno que tiene que echarse al estómago un anisado ordinario!
Les dejaremos seguir su conversación mientras que damos cuenta de la que don Fidel y don Dámaso acababan de entablar.
Don Fidel llevó a su cuñado a un rincón de la pieza, mientras que Rivas escribÃa sobre una mesa en otro.
—Te vengo a hablar de un asunto que me preocupa desde hace dÃas —dijo en voz baja—, y que nos interesa a los dos.
—¿Cómo asÃ? —preguntó don Dámaso, tomando para hablar el mismo aire de misterio con que se le habÃa dirigido don Fidel.
—Como tú no eres muy observador, no te habrás fijado en una cosa.
—¿En qué cosa?