Martín Rivas

Martín Rivas

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—Tu hijo y mi chiquilla se quieren —dijo don Fidel al oído de su cuñado.

—¿De veras? —preguntó con admiración don Dámaso—, no me había fijado.

—Pero yo me fijo en todo y a mí no se me va ninguna; estoy seguro que están enamorados.

—Así será.

—Bueno, pues, yo te vengo a ver para eso, es preciso que nos arreglemos; Agustín me parece un buen muchacho y no será mal marido.

—¡Pero, hombre, todavía está muy joven para casarse!

—¿Y yo de qué edad te parece que me casé? Tenía veintidós años no más. Es la mejor edad. Los que no se casan pronto es por tunantear. Si quieres que tu hijo se pierda, déjalo soltero y verás cómo te cuesta un ojo de la cara. ¡Ah, yo conozco estas cosas! ¿No ves que a mí no se me va ninguna?

—Puede ser, puede ser —repuso don Dámaso, siguiendo su propensión a inclinarse al parecer de aquel con quien hablaba—. Pero es preciso ver lo que dice la Engracia primero. ¿No ves que yo solo no es regular que disponga de un hijo?

—¡Ah!, es decir que andas buscando disculpas —dijo don Fidel, olvidando, con la impaciencia, el hablar en voz baja.


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