Martín Rivas

Martín Rivas

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—No, hombre, por Dios —replicó don Dámaso—; yo no busco disculpas. Pero ¿no te parece muy natural que consulte antes a mi mujer? Porque al fin y al cabo ella es la madre de Agustín.

—Pero lo que yo deseo saber es tu determinación: ¿apruebas o no lo que te he venido a proponer?

—Por mi parte, cómo no, con mucho gusto.

—¿Y te empeñarás con tu mujer para que consienta?

—También.

—Acuérdate de lo que te digo: si dejas a tu hijo soltero, el día menos pensado se bota a tunante y te come un ojo de la cara. Yo sé lo que son estas cosas, pues a mí no se me van así no más.

Con la seguridad de nuevas promesas de don Dámaso, se retiró don Fidel, satisfecho del modo como había conducido aquel negocio y dejando a su cuñado pensativo.

—En eso de los gastos no le falta razón —murmuró, recordando los frecuentes desembolsos de dinero que había hecho últimamente por Agustín.

Metió las manos en los bolsillos y principió a pasearse pensativo a lo largo de la pieza.

Amador, entretanto, empezaba a impacientarse de esperar y se levantó a espiar la salida de don Fidel.

—Vamos, ya se va el tío —dijo viéndole salir.


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