MartÃn Rivas
MartÃn Rivas AgustÃn miró a don Fidel, que atravesaba el patio con el semblante alegre por las felicitaciones que se iba dando a sà mismo. Con él se iba también su esperanza de librarse, por un dÃa a lo menos, de pedir el dinero a su padre.
Intentó de nuevo conseguir un plazo, pero Amador se mostró inflexible.
—Vaya, pues —dijo éste—, tendré yo mismo que ir a hablar con el papá. Esto va pareciendo juego de niños.
—Bueno, espéreme esta noche en su casa y le llevaré la plata o la contestación de papá —exclamó AgustÃn, armándose de una resolución desesperada.
—No, no, aquà estoy bien —contestó Amador sentándose y encendiendo otro cigarro—; vaya no más, hable con el papá y tráigame la contestación.
AgustÃn alzó los ojos al cielo implorando su ayuda, y se dirigió al cuarto de don Dámaso como una vÃctima al suplicio.