MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Todo eso está muy bueno. Yo también necesito que no andes por ahà botando mi dinero. Es preciso que mires esto como muy serio.
—Sin duda, papá, y asà que usted me haya dado para pagar lo que debo…
—¿Cuánto es?
—Mil pesos.
—¿Nada más?
—Nada más.
—No vengamos después con que nos hemos olvidado de algo.
—Es todo lo que necesito.
—Está bien, hijo, mañana me traes las cuentas de lo que tengas que pagar y tu contestación sobre la prima, y todo se pagará; vaya, pues, está convenido.
AgustÃn miró estupefacto a su padre, que no le dio tiempo de replicar, porque salió inmediatamente del cuarto.
«Las cuentas y la contestación sobre Matilde —replicó abismado el elegante—, ahora sà que estoy mucho peor que lo que vine. ¿Cómo salir de este apuro?».
Dirigióse pensativo y desesperado a su cuarto, en donde Amador le esperaba.
—No ve, pues —dijo contestando a la interrogadora mirada con que Amador le recibÃa—, con su apuro lo ha echado todo a perder.