MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Si a usted le parece bien, yo…
—Me parece bien, hijo, muy bien; es preciso entrar en juicio desde temprano para tener una vejez feliz.
—Sin duda, papá; pero iba a decirle que Matilde no me quiere.
—Bah, rÃete de eso, hijo —replicó don Dámaso, golpeando de nuevo el hombro a AgustÃn—; lo mismo creÃa yo antes de casarme. Hay niñas tÃmidas que aun cuando quieran a un joven no se atreven a dárselo a conocer; asà es tu primita, pero háblale un poco y verás. Yo estoy seguro que ella te está queriendo. Mira, no estoy seguro; pero creo que tu tÃo me lo dijo aquÃ.
Don Dámaso agregaba esta duda, que no lo era en su espÃritu, para persuadir a su hijo que tan dócil se le manifestaba.
—No, papá, no puede ser, Matilde ama a otro.
—Cuentos, hijo, todas las niñas tienen amorcillos hasta que se presenta uno y las habla de casamiento.
—En fin, papá —replicó AgustÃn, no queriendo en aquellas circunstancias contrariar a su padre—, creo que la cosa no es tan urgente que…
—Urgente y muy urgente —dijo el padre con tono distinto del afectuoso con que habÃa hablado hasta entonces.
—Yo necesito saber si ella me ama y si…