Martín Rivas

Martín Rivas

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—Es preciso, pues, que tú pienses en casarte —continuó don Dámaso con tono más tranquilo, pues al ver que Agustín había bajado la vista, creyó que era en señal de sumisión y obediencia.

Don Dámaso, que sólo era enérgico por momentos, sentía un verdadero placer en cuanto veía respetada su autoridad. La actitud con que su hijo quiso ocultar el terror que en su corazón despertaron sus palabras le dispuso muy favorablemente hacia él. Como Agustín seguía con la vista clavada en la alfombra, don Dámaso continuó con mayor afecto.

—A ver, Agustín, conversemos como amigos. A mí me gusta que me respeten, es cierto; pero deseo también que mis hijos tengan confianza conmigo. ¿Qué te parece tu primita?

—¿Mi primita?

—Sí, Matilde; es buena moza.

—Oh, sí, muy buena moza.

—Y tiene buen genio, ¿no es cierto?

—Excelente, papá, muy buen genio.

—¿No te gustaría para mujer?

—¡Mucho, papá! —contestó Agustín, que quería salir del paso manifestándose sumiso y complaciente.

—Pues, hijo —exclamó con alegría don Dámaso—, aquí acaba de estar tu tío y me dice que para él sería una felicidad la de verte casado con su hija.


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