MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Vaya, amigo, por poco se echa a muerto usted; yo le haré las cuentas que quiera. AgustÃn miró con espanto al que con tanta frialdad le hablaba de presentar documentos que no existÃan. El semblante de Amador respiraba una serenidad perfecta, y habÃa en sus ojos una tranquilidad que le asustó. Por un presentimiento repentino se vio AgustÃn lanzado con aquel hombre en la vÃa vergonzosa de la falsificación y del engaño a que con tanta naturalidad le convidaba Amador. Éste solo presentimiento le hizo ruborizarse y temblar. Con él se despertaron también en su pecho los instintos de delicadeza que el miedo habÃa hasta entonces sofocado, y ellos le infundieron la energÃa que le faltaba para preferir una franca confesión de lo ocurrido antes que mancharse con el contacto impuro del que le ofrecÃa los medios de engañar a su padre.
—Mañana —dijo—, sin necesidad de documentos, haré que papá me dé esa cantidad. —Bueno, pues, yo no espero más que hasta mañana— respondió Amador, tomando su sombrero; —si el papá se enoja y no quiere dar la plata, yo le largo el agua y se lo cuento todo. Hasta mañana, pues.
Saludó con aire de amenaza y salió del cuarto.