Martín Rivas

Martín Rivas

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Agustín se tomó la cabeza con las manos y permaneció inmóvil por algunos instantes. Luego levantó los ojos, en los que brillaba un rayo de resolución, y dejando el asiento en que se encontraba, salió del cuarto y subió la escala que conducía a las habitaciones de Rivas.

Martín, sentado delante de una mesa, estudiaba, o más bien leía en un libro sin comprender. La sorpresa se pintó en su rostro al ver entrar con precipitación a Agustín, cuyas descompuestas y pálidas facciones indicaban la agitación a que su espíritu se hallaba entregado.

Rivas se levantó saludando con cariño a Agustín, que empezó a pasearse pensativo por la pieza. Terminado el primer paseo, se detuvo y miró en silencio a Martín. —Amigo— le dijo—, soy muy desgraciado.

—¡Usted! —exclamó Rivas con asombro.

—Sí, yo; si hubiese seguido sus consejos no estaría como estoy, perdido para siempre.

Martín le presentó una silla.

—Veo que está usted muy agitado, Agustín —le dijo—, siéntese aquí. Si usted me viene a buscar para confiarme sus pesares, cuente con que, además de agradecerle esa confianza, haré lo posible por darle algún consuelo.


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