MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Muchas gracias —contestó AgustÃn sentándose—. Es cierto que vengo a confiárselo todo. ¡Ah!, desde hace algunos dÃas, amigo, he sufrido mucho, y como no he tenido a nadie con quien hablar, me siento con el corazón oprimido. Ahora me acordé que usted me dio un buen consejo, que por desgracia no seguÃ, y he venido a desahogar mi pecho con usted, porque creo que es buen amigo.
HabÃa en estas palabras un profundo sentimiento que conmovió el corazón de MartÃn. El elegante, que habÃa devorado solo sus penas, se expresaba con tal abandono que Rivas sintió por él un interés sincero y afectuoso.
—Si usted me permite —le dijo—, seré su amigo. Pero ¿qué le sucede? Tal vez alguna cosa a la que da usted más importancia que la que tiene en realidad.
—No, no, le doy la importancia que merece. ¿Sabe lo que hay? ¡Estoy casado! —¡Casado!— repitió MartÃn en el mismo tono en que AgustÃn lo habÃa dicho.
—SÃ, casado. ¿Y se le figura a usted con quién?
—No puedo figurármelo.
—Con Adelaida Molina.