MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Con Adelaida! Pero ¿desde cuándo? Cierto que esto me parece muy extraño. —Óigame usted y sabrá lo que ha sucedido, todo por no haber seguido sus consejos. AgustÃn refirió a Rivas el suceso del matrimonio con sus más pequeñas circunstancias, y luego las continuas exigencias de dinero, hasta las escenas porque habÃa pasado aquel dÃa con Amador y con don Dámaso.
—A pesar de la osadÃa con que usted dice que Amador le amenaza de revelar a su padre este secreto —observó MartÃn reflexionando—, yo encuentro todo esto muy sospechoso. ¿Sabe usted si el que les puso las bendiciones era cura?
—No sé, es un padre que no he visto en mi vida.
—¿Presentó alguna licencia de cura para poder casarlos?
—No sé, yo estaba entonces tan turbado que no sabÃa lo que me pasaba.
—Debemos ante todo hacer una cosa.
—¿Cuál?
—Informarnos en todas las parroquias y hacer registrar los libros de matrimonios desde el dÃa en que usted se casó.
—¿Y para qué?
—Para ver si la partida existe, porque no me faltan sospechas de que usted sea juguete de alguna intriga, por lo que usted refiere.