MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿A mÃ?, no sé; éste ya se hace un asunto de familia.
—Asà es —dijo volviendo a sus cavilaciones don Fidel.
Ante todo, se dijo que el asunto merecÃa pensarse detenidamente, porque la propuesta de don Pedro no parecÃa desechable a primera vista. Hemos dicho que don Fidel tenÃa comprometida la mayor parte de su fortuna en la hacienda del Roble, y esta consideración obraba poderosamente en su ánimo para mirar cómo preferible el casamiento de Matilde con Rafael que con AgustÃn. Según todas las probabilidades, éste tendrÃa fortuna, pero sólo a la muerte de su padre; y don Fidel calculó que don Dámaso, en perfecta salud como se hallaba, vivirÃa largos años aún. Además, el apoyo que su cuñado podÃa prestarle era problemático y nunca tan ventajoso para sus negocios como un nuevo arriendo del Roble por nueve años. —Usted sabe que Rafael estuvo ahora tiempo para casarse con Matilde— dijo al cabo de estas consideraciones.
—Asà supe —respondió don Simón.
—La cosa se deshizo por mi cuñado —prosiguió don Fidel—. Rafael no tenÃa nada entonces, pero es un buen joven.
Don Simón aprobó con la cabeza.
—Si su tÃo le presta su apoyo, no es un mal partido —continuó don Fidel.