MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Eso sà que prueba un corazón bien organizado! —continuó ella con entusiasmo—. Porque la otra hacienda de don Pedro es buen fundo —observó don Fidel, dispuesto a sufrir por primera vez las románticas divagaciones de su mujer, porque veÃa que ella era de su opinión en aquel negocio.
—¡Oh!, estoy segura que hará feliz a Matilde.
—Con tres mil vacas puede sacar todos los años una buena engorda.
—Creo que no hay que vacilar, hijo, es una felicidad para nosotros.
—Asà me parece; es una hacienda en la que, por término medio, se cosechan de cinco a seis mil fanegas de trigo.
—Rafael, además, es un joven ilustrado.
—Sin contar con la leña y carbón, que dejan una buena entrada.
—Tú lo reduces todo a dinero —exclamó impaciente doña Francisca, horrorizada de la prolijidad con que su marido raciocinaba sobre intereses cuando se trataba de la felicidad de Matilde.