MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Hija, lo demás es pura pamplina —contestó don Fidel, impacientándose también del entusiasmo romántico de su consorte—; cuando uno tiene mucha plata y tiene familia, debe ante todo fijarse en lo positivo. Yo digo esto porque conozco al mundo mejor que nadie, y a mà no se me va ninguna. ¿De qué nos servirÃa que Rafael fuese enamorado como un Abelardo si no tuviese con qué mantener a su familia?
—La plata no basta para la felicidad —dijo doña Francisca, alzando los ojos al cielo con vaporosa expresión.
—Que me den plata y me rÃo de lo demás —replicó don Fidel—. Anda que vayan a mandar a la plaza con amor y buen corazón y con llevarse leyendo libros.
—Bueno, pues, hablemos de otra cosa; sobre esto tengo mis convicciones asentadas.
—Lo que yo tengo asentado es tu porfÃa —exclamó don Fidel, viendo que su mujer, en vez de convertirse a su doctrina, evitaba la discusión.
Doña Francisca miró su libro para resignarse con algún pensamiento poético.
—Es decir, que aceptamos lo que don Pedro propone —dijo don Fidel, después de una pausa, que empleó en calmar su mal humor.
—Haz lo que te parezca —contestó doña Francisca.