MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Asà lo entiendo, a mà no me puede dar nadie lecciones, porque sé muy bien lo que hago; el arriendo del Roble por otros nueve años nos conviene más que lo que tú hermano podrÃa favorecernos.
—Pero tendrás que hablar con Dámaso, diciéndole lo que hay.
—Le diré que la constancia de Matilde me ha vencido y… en fin, no se me dejará de ocurrir algo.
Salió de la pieza y doña Francisca fue a buscar a su hija para anunciarle la feliz noticia.
Mientras que don Fidel se ocupaba de este modo de sus negocios, don Dámaso habÃa informado a su mujer y a su hija del objeto con que su cuñado le habÃa visto. Para don Dámaso la opinión de Leonor era de tanto peso como la de doña Engracia, que, como madre, principió por oponerse al casamiento de su hijo.
—¿Y tú, hijita, qué dices de esto? —preguntó el caballero a Leonor.
—Yo, papá —contestó ella—, creo que ustedes no deben precipitarse.
—¿No ves? Lo mismo digo yo —exclamó doña Engracia acariciando a Diamela, acción que ella empleaba para expresar cualquiera emoción que la agitara.