MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Pero si dejamos soltero a este muchacho se va a hacer un derrochador de dinero insufrible! ¡Es lo único que ha aprendido en Europa! —dijo don Dámaso, que, como capitalista y antiguo comerciante, miraba las cosas bajo el punto de vista material.
—Trataremos de corregirle —contestó doña Engracia, acariciando la cabeza de Diamela.
—Eso es insignificante, somos bastante ricos —repuso Leonor dirigiendo a su padre su altanera mirada.
—En fin, él ha quedado de contestar mañana —replicó don Dámaso—; veremos, pues. Don Dámaso salió a dar su paseo diario por el comercio, y la madre y la hija quedaron solas.
—Es preciso que hables con AgustÃn, hijita —dijo doña Engracia, que contaba más con el influjo de Leonor sobre toda la familia que con el suyo.
—Pierda cuidado, mamá —respondió la niña—, ese casamiento no se hará.
Doña Engracia abrazó a Diamela para manifestar su alegrÃa y la perrita correspondió a sus caricias moviendo la cola en todas direcciones.
A la hora de comer la familia se encontraba reunida en la antesala. MartÃn, que llegaba en ese momento, fue llamado cuando iba a subir a su cuarto.