MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Éste le siguió al cuarto indicado y se sentó en la silla que AgustÃn le ofreció.
—¿Cómo le ha ido? —Fue su primera pregunta, después de cerrar la puerta con llave—. Muy bien —contestó Rivas—, en las parroquias que he recorrido y en la curia no existe ninguna partida de matrimonio. ¿Y usted ha encontrado algo?
—Nada tampoco —contestó AgustÃn con alegrÃa.
—Mañana temprano tendré los certificados —dijo MartÃn.
—Y yo también.
—¿No ve usted? El matrimonio es nulo; lo que ahora importa es que el secreto no salga de la familia.
AgustÃn no pudo contenerse y dio a Rivas un fuerte abrazo, diciéndole:
—Usted es mi salvador, MartÃn.
Apenas habÃa pronunciado estas palabras, se oyeron algunos golpes a la puerta. —¿Quién es?— preguntó AgustÃn.
La voz de Leonor contestó a esta pregunta del otro lado de la puerta.
—¿Le abrimos? —preguntó a MartÃn el elegante.
Rivas hizo con la cabeza un signo afirmativo. Su corazón habÃa latido con violencia al oÃr la voz de la niña.