MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Presentándose usted hoy mismo en la casa y declarando a la madre que el matrimonio es nulo. Por el conocimiento que tengo de Amador, se me figura que hay algún misterio en esto; es hombre capaz de todo.
Don Dámaso, acostumbrado a seguir en sus negocios las inspiraciones de MartÃn, halló acertado aquel consejo.
—¿A qué hora le parece a usted que debo ir?
—Antes que venga Amador, después del almuerzo; Amador debe venir a las doce. Convinieron entonces en el giro que don Dámaso debÃa dar a la entrevista.
—¿No me acompaña usted? —dijo don Dámaso a MartÃn.
—Señor —contestó el joven—, yo debo a esa pobre familia algunas atenciones y me dispensará usted de acompañarle. Fuera de Amador, las demás personas que la componen son buenas gentes; Adelaida es una niña desgraciada.
—Si esto se arregla como lo espero —dijo don Dámaso—, será un nuevo servicio que le deberemos a usted.
—Le suplicaré que usted no toque este asunto con AgustÃn, que ha sufrido bastante en estos dÃas y se encuentra bien arrepentido.
—Bueno, lo haré asà por usted.