Martín Rivas
Martín Rivas «No pensemos más en esta locura», fue lo que Leonor se dijo, dándose vuelta en el lecho para no oír sobre su almohada los violentos latidos del corazón.
Y volvió a buscar el sueño, pero a buscarlo en vano.
A la mañana siguiente tomó Leonor la fatiga del insomnio por la victoria de su voluntad. La claridad del día, que disipa las proporciones fantásticas que durante la noche cobran generalmente las ideas, introdujo en su espíritu un entorpecimiento que ella creyó ser su habitual y fría indiferencia. Pero, al ver entrar a Martín con su padre, el espíritu se despejó de nuevo, y de nuevo volvió también la lucha entre la voluntad orgullosa y el corazón, con el entero vigor de la ilusión y de la juventud. Pero Martín ignoraba todo esto y no vio en la indiferencia de Leonor más que la tiranía de su mala estrella y el constante presagio de interminable desventura.
Así pues, el almuerzo fue silencioso. Doña Engracia sólo hablaba de cuando en cuando con la regalona Diamela, y Agustín dirigió la vista sobre su padre para leer en su semblante la impresión que le había producido la revelación de su secreto.
Don Dámaso estaba tan preocupado con la entrevista aconsejada por Rivas, que fue a los ojos de su hijo impenetrable, y se retiró al fin del almuerzo, sin que Agustín hubiese podido adivinar si estaba o no perdonado.