MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Llamó don Dámaso a MartÃn y salieron juntos con dirección a casa de doña Bernarda.
—Aquélla es la casa —dijo Rivas señalándola.
Don Dámaso se separó de MartÃn y entró en la casa que éste le habÃa señalado.
Doña Bernarda se encontraba cosiendo con sus hijas en la antesala.
—¿La señora doña Bernarda Cordero? —preguntó don Dámaso.
—Yo, señor —contestó doña Bernarda.
Don Dámaso entró en la pieza. Por su aspecto conoció al instante doña Bernarda que era un caballero y se levantó ofreciéndole una silla.
—Señora —dijo don Dámaso—, ¿cuál de estas dos señoritas es la que se llama Adelaida?
—Ésta, señor —respondió la madre, señalando a la mayor de sus hijas.
Adelaida tuvo un vago presentimiento de que aquel caballero venÃa allà por algún asunto concerniente a su matrimonio con AgustÃn. La pregunta que acababa de oÃr daba sobrado fundamento para tal sospecha.
—DesearÃa hablar con usted a solas algunas palabras —dijo don Dámaso a la madre, después de haber mirado atentamente a Adelaida y a Edelmira.
Doña Bernarda mandó salir a sus hijas.