MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —He venido aquÃ, señora —prosiguió don Dámaso—, porque deseo arreglar con usted un asunto desagradable.
—¿De qué cosa, señor? —preguntó doña Bernarda.
—Aquà se ha cometido un abuso que puede ser para usted y para su familia de graves consecuencias —respondió don Dámaso con tono solemne.
—¿Y quién es usted? —preguntó ella con admiración por lo que oÃa.
—Soy el padre de AgustÃn Encina, señora.
—¡Ah! —exclamó palideciendo doña Bernarda.
—Yo quiero suponer que usted haya obrado de buena fe al creer que casaba a AgustÃn con su hija.
—¡Conque se lo han contado ya! Qué quiere, pues, señor. Su hijo andaba en malas y hubo que casarlos.
—Pero lo que usted tal vez no sabe es que ese casamiento es nulo.
—¡Cómo nulo!
—Es decir, que AgustÃn y su hija no están casados.
—¡Qué está hablando! Casados y muy casados.
—Pues yo tengo las pruebas de lo contrario.
—No hay pruebas que se tengan; aguárdese un poquito.
Al decir estas palabras, doña Bernarda se acercó a la puerta del patio.