MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Amador, Amador —dijo llamando.
Amador se encontraba en ese momento vistiéndose para ir a casa de AgustÃn. Acudió al llamado de su madre, y palideció al ver a don Dámaso, a quien conocÃa de vista.
—Mira, hijo —exclamó la madre—, mira lo que me viene a decir este caballero.
—¿Qué cosa? —preguntó Amador con voz apagada.
—Dice que no es cierto que su hijo está casado con Adelaida.
Amador trató de sonreÃrse con desprecio, pero la sonrisa se heló en sus labios. Se hallaba tan distante de figurarse que iba a oÃr semejante aserción, que se sintió ante ella desconcertado y vacilante. Pero imaginó que no habÃa salvación posible sino en la más obstinada negativa y volvió a esforzarse para sonreÃr.
—No sabrá, pues, este caballero lo que ha sucedido —respondió con aire burlón.
—Sé muy bien que se ha cometido una violencia —exclamó don Dámaso—, y tengo documentos para probar que el matrimonio a que se arrastró a mi hijo es completamente nulo.
—A ver, pues, ¿cuáles son las pruebas? —preguntó Amador.