MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Aquà están —dijo don Dámaso, mostrando los papeles que MartÃn le habÃa entregado—, y me serviré de ellas en caso necesario.
Amador veÃa que el asunto iba tomando un sesgo peligroso, pero no se atrevÃa a proponer una transacción en presencia de su madre.
—Bueno, si usted tiene pruebas, nosotros también —contestó—; veremos quién gana. Don Dámaso reflexionó que era mejor conducir amigablemente el negocio, y prosiguió:
—Las pruebas que yo tengo son incontestables, el casamiento es nulo a todas luces; pero como éste es un asunto que puede perjudicar a mi reputación y a la de mi familia, he venido a entenderme con esta señora para que nos arreglemos sin hacer ruido ni dar escándalo.
—Qué escándalo, pues, si están casados —dijo doña Bernarda, consultando el semblante de su hijo.
Amador evitó la mirada, porque se sentÃa colocado en muy mal terreno.
—Convengo —dijo don Dámaso— en que mi hijo hizo mal al venir a una cita, pero esa cita era un lazo que se le tendÃa.
—SÃ, pues, ¿no querÃa que lo dejasen no más? —exclamó doña Bernarda—. ¿Y porque es rico se figura que los pobres no tienen honor? Al todo también, ¡por qué no lo dejaron que fuese el amante de la niña! ¡Ave MarÃa, Señor!