MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Cálmese usted, señora —le dijo don Dámaso—, es preciso que usted mire este asunto tal como es.
—Como es lo miro, ¿y diei? Están casados y no hay más que decir.
—Yo puedo llevar este asunto a los tribunales y probaré allà la nulidad del casamiento; pero en ese caso no me contentaré con eso, porque pediré un castigo para los que han tendido un lazo a un joven inexperto.
—¡SÃ, qué inexperto, y se vino a meter a la casa a las doce de la noche! —exclamó doña Bernarda—. Qué haces tú, pues —añadió mirando a su hijo—, ya se te pegó la lengua.
—Vea, señor, mi madre tiene razón —dijo Amador—. Usted no puede probar que el casamiento es nulo, porque nosotros tenemos pruebas de lo contrario.
—¿Cuáles son esas pruebas?
—Yo sabré, y cuando llegue el caso…
—¿Existe la partida de casamiento anotada en alguna parroquia?
Amador se quedó callado, y doña Bernarda le preguntó:
—¿No me dijiste que se la habÃan entregado al cura?
—Deje no más, madre —contestó él, no hallando cómo salir del paso—; cuando llegue el caso, sobrarán pruebas.