Martín Rivas

Martín Rivas

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—¿No ve, caballero? Hay pruebas y están casados, y no hay más que conformarse —exclamó doña Bernarda.

—Lo que mi madre dice es la verdad —repuso Amador—; si usted no quiere que esto se sepa, lo podemos callar hasta que a usted le parezca.

—No lo callaré por mi parte y me presentaré hoy mismo entablando acción criminal contra ustedes.

—Entable cuanto le dé la gana; hei veremos —contestó doña Bernarda, consultando otra vez la mirada de su hijo.

—Por supuesto —dijo Amador para contentar a su madre.

Don Dámaso se levantó con impaciencia.

—Hacen mal ustedes en obstinarse —replicó—, porque lo perderán todo. Yo me encuentro dispuesto a dar lo que sea justo en calidad de indemnización por la calaverada de mi hijo, si ustedes consienten en callarse sobre este asunto; pero si me obligan a esclarecerlo ante los tribunales, seré inflexible y el castigo recaerá sobre los culpables.

—Cómo le parezca —dijo doña Bernarda—, nadie me quitará que yo los he visto casarse. ¿No es cierto, Amador?

—Cierto, madre, así fue.


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