MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Ustedes reflexionarán en esto —dijo don Dámaso—, y si mañana no he tenido una contestación favorable, me presentaré al juez.
Salió sin saludar y atravesó el patio entregado a una mortal inquietud. La confianza con que doña Bernarda aseveraba el hecho y el testimonio de Amador, cuyas vacilaciones no podÃa apreciar don Dámaso, le arrojaban en una desesperante perplejidad. A pesar de los certificados que tenÃa en su poder, parecÃale que doña Bernarda y Amador se hallaban en posesión de alguna prueba irrecusable que podÃa hacerle perder tan importante causa. Bajo el peso de tales temores, llegó a su casa con el rostro encendido y vacilante el ánimo en medio de tan terrible duda.