MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Bien está, pero que se pase de otro modo —replicó don Dámaso, con la gravedad de un barba de comedia—. Lo mejor —añadió en voz baja, acercándose a doña Engracia— será que pensemos seriamente en casarlo; la propuesta de Fidel llega muy a tiempo.
La señora dio un fuerte apretón a Diamela para expresar el sentimiento de toda madre al ver pasar a un hijo al bando de Himeneo.
En la noche buscó MartÃn en balde una de aquellas conversaciones al son del piano, que a un tiempo formaban su delicia y su martirio; pero Leonor tocó sin llamarle, y Emilio Mendoza sirvió para volver la hoja de la pieza.
En un momento en que AgustÃn se habÃa sentado junto a Rivas, llamó a su hermana, que se retiraba del piano.
—Ven a ayudarme a alegrar a MartÃn —le dijo—, está de una tristeza navrante.
—Sin duda —respondió Leonor— principia a sentir el peso de la promesa que hizo, tal vez irreflexivamente.
—¿Qué promesa, señorita? —preguntó Rivas.
—La de retirarse de casa de las señoritas Molina —dijo Leonor con altivez y acentuando con la voz la palabra que ponemos con cursiva.