Martín Rivas

Martín Rivas

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La carta fue llevada por Leonor y Agustín a don Dámaso, que hablaba con doña Engracia, mientras que Diamela hacía cabriolas en la alfombra. Al oír su lectura, el rostro de don Dámaso se iluminó de alegría; cada frase produjo en su semblante el mismo efecto del sol cuando, por la mañana, extiende poco a poco sus rayos en la dormida pradera.

Doña Engracia, para expresar su emoción, se había apoderado de Diamela, a quien estrechaba con fuerza a cada movimiento aprobativo de la cabeza de su marido.

—Papá —observó Leonor—, y creo que la carta ha sido dictada por Martín. ¿No la encuentra usted bien escrita?

—Tienes razón. Vea usted, bien dice la Francisca, que es aficionada a leer: el estilo es el hombre, según no sé quién; uno acabado en on… En fin, poco importa, gracias a Martín todo está arreglado; si este mozo es para todo. Mira, Leonor, tú debías hacerle aceptar algún regalo; a mí nunca me quiere admitir nada.

—Ahí veremos —contestó la niña—, no me parece fácil.

Agustín fue llamado entonces de orden de don Dámaso, y recibió una severa reprimenda por su calaverada.

—Qué quiere usted, papá —dijo el joven algo confundido—, es preciso que juventud se pase.


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