Martín Rivas

Martín Rivas

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—Parece que te va volviendo el francés —le dijo riéndose Leonor.

—Es que la noticia de Martín me da transportes inoídos de alegría —dijo el elegante abrazándola.

Leonor dio lectura a la carta, mientras que a cada párrafo Agustín exclamaba:

—¡Oh, perfecto, perfecto!

—Me has dicho que este mozo es ordinario —dijo la niña, después de leer la firma—, pero esta carta está muy bien escrita.

—Pues, hijita —replicó Agustín—, no sé cómo eso es hecho, porque Amador puede llamarse un siutique pur sang.

—Entonces le han dictado la carta —repuso Leonor, riéndose de la frase de Agustín; y mirando a Rivas con malicia, añadió—. ¿Habrá sido tal vez la señorita Edelmira?

—¡Oh, ah! —exclamó Agustín, cuya alegría había aumentado con la lectura de la carta—, o es mademoiselle Edelmira, o alguien que se le acerque, ¿no es esto, Martín?

—Amador escribió en presencia mía —contestó Martín, poniéndose encarnado.

—Eso no hace nada —dijo Agustín—, lo principal es que yo redevengo gargon.

—Bien se te conoce en el lenguaje —le dijo Leonor.


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