MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Y la otra hermana, ¿qué tal es? —preguntó Leonor.
—Muy buena moza —contestó AgustÃn.
—¿No me dijiste que una de ellas gustaba de MartÃn?
—SÃ, pues, ésa: Edelmira —dijo AgustÃn, que en su agradecimiento por los favores que Rivas le estaba prestando, no vaciló en dar por cierto lo que en su espÃritu era sólo una sospecha.
Leonor se quedó pensativa.
—Ahà está MartÃn —exclamó el elegante, divisando a Rivas que atravesaba el patio en dirección al escritorio de don Dámaso.
Llamóle AgustÃn y Rivas entró en la pieza.
Leonor y AgustÃn le preguntaron al mismo tiempo.
—¿Cómo le fue?
—Perfectamente —contestó MartÃn—; traigo una carta que calmará todas las inquietudes.
Al decir esto, presentó a Leonor la carta de Amador Molina.
—¿La puedo leer yo? —preguntó la niña—. ¿No es reservada para m� Digo esto —añadió mirando a su hermano— porque este caballero es tan reservado conmigo.
—A ver, lee la carta, hermanita —exclamó AgustÃn—, yo quemo de impaciencia.