MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Pero, de los personajes de la presente historia, el que menos se preocupaba de la proximidad del gran dÃa, y mucho sà de adelantar su negocio sobre la hacienda del Roble, era don Fidel ElÃas. Resuelto a aceptar las propuestas que por medio de don Simón Arenal habÃa recibido, y no contento con la mediación de tercero, don Fidel hizo una visita a don Pedro San Luis y entró en tan franca explicación con él sobre el negocio que al cabo de poco rato daba la promesa de que su hija se casarÃa con Rafael el mismo dÃa en que se firmase el nuevo arriendo del Roble.
—Usted encontrará muy natural también —le dijo don Pedro— que mi sobrino vuelva a visitar en casa de usted.
—¡Cómo no! Ya sabe usted que sólo por consejos extraños me privé del placer de recibir a su sobrino. Cuando quiera presentarse en mi casa, será perfectamente recibido —contestó don Fidel.
—Muy luego —repuso don Pedro— iré yo a pagar a usted esta visita y me acompañará Rafael.
A esa hora, en casa de don Dámaso, AgustÃn esperaba con impaciencia la vuelta de Rivas.
Leonor entró en el cuarto de su hermano y se suscitó la conversación sobre el asunto del casamiento que preocupaba a toda la familia. AgustÃn, que habÃa ya recobrado una parte de su locuacidad, refirió a su hermana los pormenores del suceso.