Martín Rivas

Martín Rivas

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Los amantes recobraron, en sabrosa conversación, los días que habían estado sin verse. Don Fidel hizo al sobrino de don Pedro una acogida tanto más cordial cuanto mayor era el beneficio que esperaba del negocio del Roble, y doña Francisca tuvo con Rafael algunos momentos de conversación en los que pudo dar rienda suelta a su romanticismo, alimentado por la lectura de Jorge Sand.

—La mujer de la moderna civilización —le dijo bajo la influencia de las teorías del autor favorito— no es menos esclava que en tiempo del paganismo. Siendo una flor que sólo se vivifica al contacto de los rayos del amor —añadió con entusiasmo—, el hombre ha abusado de su fuerza para coartar hasta la libertad de su corazón. Usted comprenderá por qué con su constancia ha dado pruebas de poseer un alma superior a las metalizadas con que diariamente nos rozamos.

Y San Luis, que bogaba a velas desplegadas en el mar de las ilusiones y del amor, tomó a lo serio aquella frase y continuó la conversación en el mismo tono romántico de su interlocutora.

—No estará de más —decía en otro punto del salón el tío de San Luis a don Fidel— que esperemos siquiera un mes antes de verificar este enlace; mientras tanto, yo me ocuparé de la suerte de Rafael, que debe trabajar con mi hijo.


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