MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Asà quedó arreglado que el matrimonio tendrÃa lugar a mediados del entrante mes de octubre, mientras que los jóvenes olvidaban el mundo jurándose un amor indefinido.
Después de la salida de las visitas, cayó doña Francisca en plena realidad al oÃr los proyectos de su marido sobre nuevos trabajos que pensaba emprender en el Roble, contando con el nuevo arriendo. Pasar de las teorÃas sobre la emancipación de la mujer al cómputo de las fanegas de trigo que darÃa tal o cual potrero, era un contraste demasiado notable para su poética imaginación, que, como ordinariamente acontece a las de su sexo, abrazaba con vehemencia intolerante las ideas de su autor favorito. Contentóse, entonces, con recomendar entre dos bostezos a don Fidel la visita que debÃa hacer a su hermano, y se retiró con su hija. Al dÃa siguiente llegó don Fidel a casa de don Dámaso, en circunstancias que éste y su familia salÃan de almorzar.
—TÃo, encantado de verle —dijo AgustÃn saludando a don Fidel.
Éste llamó aparte a don Dámaso, y después de algunos rodeos le participó el objeto de su visita, que desbarataba los planes de su cuñado, el que persistÃa en su idea de establecer a AgustÃn.